Relato seleccionado para la antología 150 rosas blancas.

Junto al altar, esperaba mi padre y el que iba a convertirse en mi esposo. Aquel insulso carcamal que había convencido a mi progenitor, con la promesa de una buena dote, de que él era su mejor opción.
Llorando por la rabia de no poder luchar contra mi detestable futuro, apreté los labios, cuadré mis hombros y me obligué a seguir caminando, aún a sabiendas de que era una condena en vida lo que me esperaba al final del pasillo.
Los invitados, apenas una veintena, me miraron curiosos al pasar. Mi dolorida cadera me obligaba a caminar despacio, casi arrastrando los pies, para que no se notase la cojera, pero el cardenal en mi rostro debía de ser bastante evidente, pues el silencio sepulcral dio paso a un suave murmullo que reverberó en las paredes de piedra.

Un sonido de cascos sonó con estruendo a mi espalda.
¿Un caballo? ¿En una iglesia?
Me giré para ver tras de mí a un caballero que, espada en mano, montaba un robusto alazán. La luz del sol, tamizada por la colorida vidriera, incidió en sus cabellos dándole el aspecto irreal de un ángel armado.

Confundida, me llevé una mano a la boca para acallar un quejido. Estaba allí. Había regresado. Por mí.

La bestia sobre la que cabalgaba trasmitía el nerviosismo que su rostro no reflejaba. Sus azules ojos, fijos en mi padre, eran dos cristales fríos que no demostraban ninguna emoción. Ni siquiera me miró. Al paso, avanzó hasta mí, envainó el arma y se quitó el guantelete ofreciéndome su mano. La tomé y sus dedos apretaron los míos en un gesto tierno y contenido, antes de tirar de mí para sentarme a la grupa, en su regazo. Me abrace a él y, a pesar de la cota de malla, percibí su cuerpo duro y aguerrido. Cinco años en las cruzadas habían hecho de él un guerrero formidable.

Le observé.

Su cara estaba curtida por el sol y, a pesar de las pequeñas cicatrices, su rostro seguía siendo hermoso. Continuaba sin mirarme, pero su cuerpo me transmitía el calor que sus ojos me negaban.
Mis recuerdos me llevaron hasta aquella tarde cuando, bajo el viejo olmo, se despidió decidido a buscar fortuna y ser merecedor de mi mano. No dudé, ni un solo instante, de que volvería. Y ahora, cinco años más tarde, había cumplido su promesa. Allí estaba.

Las lágrimas bañaron mi rostro y, en un acto reflejo, su mano se ciñó a mi cintura, aunque su mirada continuaba fija en los hombres que esperaban junto al altar.

Picó espuelas y el animal se puso en marcha. El rítmico golpeteo de los cascos sobre las losas de piedra llenó aquella sala que, de repente, parecía haberse quedado vacía; tal era el silencio que reinaba. La montura se frenó a escasos metros de mi padre y mi salvador lanzó una bolsa que al golpear contra el suelo se abrió, esparciendo un buen puñado de monedas de oro que brillaron como la luna sobre el mar en una noche estrellada. Como respuesta los ojos de mi padre se inyectaron en sangre, aunque ni una sola palabra salió de su boca.

Una vez fuera de aquellos muros, el sol de la mañana calentó mi corazón, que se sentía frío como una piedra.
Mi caballero, mi amor de infancia, mi sueño dorado.
En el momento en que me miró el mundo se detuvo; sus ojos lo dijeron todo. Sus manos desentendidas de la montura se aferraron a mi cuerpo desesperadas y su boca cubrió la mía con un beso demoledor. Lágrimas contenidas bañaron su rostro y su voz contra mí pelo apenas se oyó al decir:
―Por fin eres mía.

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