Relato publicado en la antología solidaria 20 pétalos de amor.

Impaciente por el encuentro que estaba por llegar, levantó la vista para observar la enorme esfera que, colgada en la pared, informaba de la hora a los viajeros. No contenta con ello tuvo que volver a confirmarla, por enésima vez, con su reloj de pulsera.

Suspiró.

Todavía quedaba media hora para que el tren entrase en el andén, pero su impaciencia la había llevado hasta la recepción de viajeros demasiado pronto, y aquellos malditos relojes se burlaban ante sus narices sin querer avanzar.

¿Asustada? No. Más bien nerviosa por lo que llegaba a su ciudad a bordo de aquel tren. Bueno, no era por «lo que» llegaba, más bien por «quién» llegaba.

Tras dos años chateando con él por las redes, de cederle sus escritos para que los revisara y corrigiera, veinticuatro meses de charlas, de confesiones, setecientos treinta días de camaradería y amistad… Tras todo eso, por fin iba a conocerle.

¡Qué absurdo era todo! ¿Por qué tendría que estar tan inquieta? ¿Acaso, aun sin haberle visto nunca, no eran amigos? ¿No conectaban todas las noches para charlar un rato contra viento y marea?

Aspiró hasta llenar del todo sus pulmones y soltó el aire muy despacio.

Cuando supo que venía de viaje a la ciudad, ella le había mandado una foto, pero él no le había correspondido, alegando que así mantendría el misterio hasta el final.

¿Y bien? Daba igual, ¿no? Esto no era una relación formal. Eran profesor y alumna. Corrector y escritora.

Suspiró de nuevo.

Aunque intentara convencerse, aquello no era del todo cierto. Durante todo aquel tiempo ella había visto en él una pared donde apoyarse, una gruta donde encontrar cobijo. Había encontrado lealtad, firmeza, seguridad, cariño en los malos momentos y risas en los buenos.

De sobra sabía que para él no era lo mismo. Ella solo era una aprendiz, una esponja alrededor de un sabio que, por motivos desconocidos, había decidido compartir su conocimiento para ayudarla a medrar en su profesión.

Conocía muy poco de su vida personal y aparte de nombre, apellidos y lugar de trabajo, apenas sabía de su persona, pero en realidad no era un desconocido. Habían hablado de tantas cosas…

Levantó la vista y la clavó en el enorme segundero que avanzaba a paso lento. Muy lento. Casi le parecía escuchar sus carcajadas ante su estado de ansiedad.

Empezó a notarse trasiego de gente. El tren había llegado por fin y los viajeros cargados de equipaje comenzaban a aparecer en la estación. Sin pensarlo estiró el cuello para ver mejor.

¿Aquel? Demasiado joven… ¿Ese otro? Demasiado importante. No, no, no y no… ¿Se habría equivocado de tren?

Su móvil comenzó a vibrar, nervioso, antes de que entonase la canción que daba aviso de llamada. Lo sacó del bolsillo del abrigo pero, antes de que pudiera contestar, una voz grave murmuró a su espalda:

—Tenía que asegurarme.

Ella se giró despacio y al hacerlo se enfrentó a las solapas de una chaqueta. Levantó el mentón y lo levantó un poco más.

Nunca le habría imaginado tan alto, ni por supuesto… tan atractivo.

Moreno, de ojos grandes y oscuros que parecían traspasar el umbral de lo correcto, pues la miraban con celo e intensidad. Facciones duras y angulosas, mentón cuadrado, muy masculino. Pero sobre todo, sobre aquella piel un tanto bronceada, destacaba una boca seductora de labios carnosos que hizo que sus ojos se detuvieran sobre ella más tiempo de lo aconsejable.

Abrió la boca en un intento de responderle, pero tuvo que volverla a cerrar porque la garganta se le había obstruido y las palabras morían en sus labios.

—¿Eduardo? —consiguió murmurar mientras con educación hacía avanzar la mano para saludarle de manera formal.

Él la frenó tomándola entre las suyas que, aun enguantadas, trasmitieron calor y energía.

—El mismo. ¿No vas a darme un abrazo? O, mejor…, ¿por qué no me das dos besos? Ana, no te quedes ahí parada. He recorrido quinientos kilómetros para verte.

Ella reaccionó levantándose sobre las puntas de sus pies para besar sus mejillas  al tiempo que se ponía colorada.

—¿Qué tal el viaje?

—Muy bien, muy cómodo pero deseando llegar y conocerte. ¿Qué te parece si paso por mi hotel y dejo el equipaje? No me gustaría cargar con él mientras cenamos.

—Sí, claro, por supuesto ―le respondió intentando salir del desconcierto que le había ocasionado verle.

Subieron a su utilitario, que se hizo pequeño y asfixiante tan pronto como Eduardo se sentó a su lado, y en un cómodo silencio se encaminaron al hotel.

¡Qué suerte! Una plaza de parking casi en la misma puerta…, pensó  y, aunque solo iban a dejar la maleta, Ana maniobró y aparcó con pericia.

Él bajó indicándole que volvía enseguida, y solo al verle desaparecer por la puerta principal Ana se permitió respirar en profundidad.

¡Madre de Dios! nunca le hubiera imaginado así. ¡Qué voz! ¡Qué cuerpo! ¡Qué mirada!… ¡Qué boca! A pesar del frío exterior un calorcito agradable comenzó a subirle por la columna vertebral.

Le vio salir a los pocos minutos y dirigirse hacia ella con una cálida y franca sonrisa, pero cuando abrió la puerta no entró, solo metió la cabeza en el vehículo para decir:

—¿Quieres que cenemos aquí? El restaurante tiene una pinta estupenda y así aprovechamos que el coche está bien aparcado… ¿o tenías pensado algún otro sitio? Podemos tomar una copa en el bar del lobby del hotel y después cenar, ¿qué te parece?

Ana se quedó boquiabierta mirándole. Le daba igual cenar allí que en China mientras pudiera seguir escuchando su voz al tiempo que se miraba en aquellos ojos intensos y oscuros.

—¡No! ¡Sí! Es decir…, me parece bien.

¡Dios! ¡Debo de parecer tarada! ¿Por qué no soy capaz de articular más de cinco palabras seguidas?

Como una autómata bajó del coche, se colgó el bolso y lo rodeó mientras él la invitaba con gestos a caminar a su lado.

Se tomaron esa copa mientras preparaban su mesa en el salón, y tras ella llegó una cena que destensó el ambiente gracias a una excelente conversación acompañada de un buen vino.

En el postre, Ana tenía las mejillas sonrosadas y no titubeaba tanto al hablarle. Habían sido necesarias dos horas para que ella floreciera y saliera de su agujero de timidez.

Eduardo la miraba como un gato satisfecho, con la sabiduría de haber puesto todo su empeño en que ella no estuviera incómoda y que poco a poco su dulce carácter saliera a la luz.

Cuando estaban esperando el postre él advirtió que la esquina de un paquete plano y rectangular sobresalía del enorme bolso de Ana.

—¿Es para mí? —preguntó señalando el envoltorio.

Ella se sonrojó y esperó a que el camarero dejase el último de los platos sobre la mesa para contestar.

—Tiene una pinta estupenda, pero no sé si podré con todo. La cena ha sido fantástica —comentó, en un intento de despistarle en su interés por el paquete.

Él alargó la mano y con una sonrisa traviesa exigió:

 —¡Dámelo!

Con timidez, y balbuceando que era una tontería, ella sacó el paquete y se lo entregó.

Impaciente, él rasgó el papel y sonrió al descubrir el regalo: una copia impresa y encuadernada con gusanillo, de la novela que ella había escrito y que ambos habían compartido.

—Tu último manuscrito.

—Sí, listo para llevar al registro y de ahí… a buscar editorial.

Eduardo abrió impaciente sus páginas y lo hojeó con detenimiento. Recorrió el texto, y cuando encontró algo que le resultó conocido lo giró para enfrentárselo a ella y pidió:

 —¡Lee! ―Y al ver su desconcierto insistió—: En voz alta, por favor.

Ana miró a su alrededor.

A pesar de que estaban en un comedor, no abarrotado pero sí con bastante gente, su mesa estaba un tanto apartada, lo que les daba cierta intimidad. Aclaró la voz y comenzó la lectura. En el pasaje que Eduardo había escogido, los protagonistas habían discutido y parecían estar en un punto sin retorno. La conversación entre ambos oscilaba en un tira y afloja en el que la mujer le recriminaba su actitud y reprochaba sus actos, y el hombre, aunque en un principio parecía resuelto a no ceder, al final acababa por conquistar su corazón.

Eduardo se deslizó sobre el banco corrido y, mientras Ana leía, él iba rellenando la cuchara para darle porciones de helado, alegando que se derretiría si no lo comían pronto. Ella le miró intentando averiguar sus intenciones, pero sus gestos, su sonrisa…,  todo era tan familiar que continuó aunque su lectura era interrumpida a cada momento  con dulces cucharadas, sonrisas y comentarios.

Cuando la trama se hizo más intensa y los personajes entablaron una conversación más profunda, Eduardo dejó de interrumpirla para prestar atención. Se acercó y comenzó a leer también por encima de su hombro.

Ana sintió un brazo fuerte que avanzó por detrás suyo hasta rodearla, y unos dedos que la sujetaron con firmeza por la cintura y que emanaban calor pese a estar por encima de la tela de su vestido. La voz comenzó a entrecortársele, pero continuó leyendo.

Qué suerte que el texto fuese suyo y recordara ese fragmento casi palabra por palabra, podía continuar sin temor a equivocarse a pesar de sentir esa mano acariciando su talle.

A medida que avanzaba en la lectura fue consciente de cómo el cuerpo cálido y protector de Eduardo la rodeaba, y a esos dedos traviesos se unieron unos labios que dejaron un beso suave bajo el lóbulo de la oreja. En ese instante, el aire se convirtió en una pelota sólida y obstruyó su garganta impidiendo que continuase leyendo, y con naturalidad él tomó el relevo para proseguir con la parte que ella había dejado a medias.

Ana podía escuchar su voz aterciopelada y grave susurrando a muy pocos centímetros de su oído, y cada frase parecía ser una caricia, una promesa, un ruego… y con ello cada vez se sentía más aturdida por su proximidad.

El relato fue subiendo de tono y el abrazo se intensificó al mismo tiempo. El calor que le trasmitían esos dedos a su cuerpo se hizo sofocante, y respirar para calmarse no hizo sino acrecentar la intensidad de las sensaciones que desde hacía rato la abrumaban y es que… le llegó su olor. Todavía quedaban notas de su fragancia: cítrica, fresca y a la vez amaderada. Todo se conjuró en su contra y cerró los ojos, tratando de calmar su atolondrado corazón.

En el texto, la pareja sucumbía a sus oscuros deseos sellándolos previamente con un cálido y dulce beso que Eduardo se encargó de materializar al hacerle girar la cabeza con la mano libre. Ella lo deseaba, aunque en realidad no lo esperase, pero el gesto le hizo replantearse su cordura.

La escena siguiente transcurría en el dormitorio y ambos lo sabían, pero tras el suave beso, Ana agachó la cabeza avergonzada y empezó a pensar en lo que podría pasar a continuación.

—Quiero que sigas leyendo… —susurró Eduardo a su oído—, en mi habitación.

Ella se atrevió a mirarle y en sus ojos vio deseo, ansia, apetito, y eso estimuló sus sentidos haciendo que deseara con todas sus fuerzas subir con él a su cuarto.

En el ascensor, Eduardo no pudo mantener sus manos quietas. Con ellas recorrió sus contornos por encima de la ropa, enfebreciendo aún más los ya de por sí acalorados sentidos de Ana.

Y la besó.

Lento, como si la vida le fuera en ello. Profundo, como si quisiera conocer sus más íntimos secretos. Intenso, en el intento de dejar una huella imborrable sobre su piel.

Entraron a la habitación y se fueron quitando la ropa el uno al otro con urgencia, dejando un reguero de prendas hasta llegar a la cama. Una vez los dos desnudos sobre el colchón, Eduardo detuvo el frenesí de besos y caricias sujetándole las muñecas por encima de su cabeza.

—Deja que te mire —susurró—. Quiero memorizar tus secretos y recordar tu cara en este instante, con las mejillas sonrosadas y los labios entreabiertos por el deseo, con esos ojos que me miran como si me vieran por dentro.

Ana expulsó todo el aire y su quejido llenó la habitación.

 

Cuando la manecilla del minutero alcanzó la vertical, Ana parpadeó y volvió de nuevo a la realidad. El gran reloj, situado en la pared de la estación, daba por fin las siete y el tren, el esperado tren, hacía su entrada por el andén dos.

Le había vuelto a pasar. Se había quedado ensimismada al igual que tantas otras veces en los últimos dos años en los que había esperado ese tren. Soñando despierta todos y cada uno de los viernes mientras imaginaba su voz y fantaseaba con osadía distintos encuentros.

Suspiró.

Una nube de viajeros la envolvió, señalando que el tren había por fin estacionado.

Con los nervios a flor de piel, Ana seguía allí de plantón con la espalda cerca de la pared para tener una buena visual del vestíbulo y, aunque su turno hacía mucho rato que había finalizado, ella, con el uniforme todavía puesto, empezó a moverse despacio como si estuviera limpiando los suelos de nuevo, sin perder de vista a todo el que pasaba a su lado.

Cuando vio aquellos zapatos lustrosos, un impoluto maletín de cuero marrón y el perfecto planchado de un pantalón de vestir, supo que el momento había llegado y que él avanzaba en su dirección.

Apenas se atrevió a levantar el rostro, pero mirándole de soslayo pudo contemplarle, como cada viernes, cuando regresaba a la ciudad desde la capital. Su cabello oscuro, sus ojos negros de largas pestañas, su rostro varonil y aquellos labios…

Todo su tiempo en un instante. El intervalo en el que él recorría el vestíbulo de la estación.

Se puso nerviosa y el mango de la fregona le resbaló entre las manos y cayó, golpeando el suelo con un sonido sordo y metálico que resonó en toda la sala. Se apresuró a agacharse para recuperarlo y quitarlo del suelo, pero una mano masculina se le adelantó.

Sus ojos se encontraron y, mientras que los de Ana se agrandaban hasta el punto de no caber apenas en su cara, los de él sonrieron antes de decir:

—Cuando empiezo a ver caras familiares, significa que estoy a punto de llegar a casa. —Sus negros ojos miraron la placa de identificación que ella llevaba en el pecho y con cierta satisfacción murmuró—: Ana.

Ella se sonrojó y esbozó unas disculpas por haber sido tan descuidada como para haber tirado la fregona a su paso, al tiempo que en silencio daba gracias a su herramienta de trabajo por ser tan inoportuna y haberle dado ese pequeño regalo.

Él no solo la había mirado, le había hablado, y cerrando los ojos en el más absoluto silencio intentó memorizar el tono de su voz cuando dijo su nombre de forma tan seductora.

Le vio alejarse unos pasos y después frenar en seco.

—Es Navidad y voy a pasar unos días en la ciudad. Me preguntaba…, me preguntaba si tomarías un café conmigo un día de estos.

Ana empezó a pasarse las manos por el uniforme intentando alisar arrugas imaginarias. Si en dos años no se había atrevido ni siquiera a mirarle, ¿cómo iba a llamarle para tomar un café?

Antes de que ella pudiera decir nada, él sacó una agenda y una pluma. Arrancó de cualquier manera una hoja y garabateó su número en un papel. Después sacó su móvil y se quedó quieto mirándola mientras esperaba a que ella le diera el suyo.

Con una voz que sonó a máquina de tabaco dando las gracias ella le fue dictando dígito a dígito, y cuando terminó se perdió en sus ojos, que parecieron acariciarla con la mirada.

Él no añadió nada más, cogió el maletín del suelo y giró sobre sus talones para salir de la terminal. No quería que ella viese cuánto le había afectado aquel encuentro, en el que por fin, tras tanto tiempo, se había atrevido a hablarle.

Cuando abrió la puerta de la estación y notó el frío en la cara se dio cuenta de que no se había despedido siquiera y se volvió para encontrar a una Ana muy quieta, justo en el lugar donde se habían hablado, con el papel aún entre los dedos.

Sonrió y levantó su mano a modo de saludo, mientras que sus labios vocalizaban:

—¡Te llamaré!

 

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