Ventanas, tejados y personajes indiscretos

(Artículo recuperado de mi antiguo blog. Se publicó e1 18 de octubre de 2015).

El otro día, al hablaros sobre París como escenario de excepción, recordé una entrada antigua que escribí en otro blog. Su relectura me trajo muchos recuerdos (de esos buenos que te dejan boba un rato) y decidí traerla aquí.

Aviso de que hay pequeños spoilers referidos a los cinco libros de la saga Amor y sangre, pero os aseguro de que ninguno importante que afecte al desarrollo de la trama o estropee alguna sorpresa.

***

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Colette Brunelière

En esta entrada iba a contaros únicamente los paseos de Olivier y Dani por los tejados de París, pero en cuanto me he puesto a pensar en la saga y en el resto de protagonistas, me he dado cuenta de que todos son muy gatunos. No hay libro en el que un personaje no haya saltado de balcón a balcón, trepado por una pared o deambulado por los tejados de un edificio. En cierto modo les entiendo, ¿a quién no le gusta contemplar la grandeza de una ciudad postrada a sus pies u observar a través de una ventana lo que hacen los vecinos? En el fondo, todos, en mayor o menor medida, tenemos una pizca de alma voyeur y somos cotillas y curiosos. Igual que los gatos.

Empecemos por Markus, protagonista de El suave secreto de tu piel. Él, a pesar de ser el más prudente y serio, no tiene ningún reparo a entrar, como un vulgar ladrón, por la ventana de casa de Sara para espiarla. Y no solo eso, además, tiene el descaro de repetir. En esa parte del libro ellos viven en la ciudad de Santiago de Compostela y voy a pediros que, por un momento, imaginéis las estrechas calles empedradas y las fachadas de granito gris que Sara ve desde su ventana. También pensad en la lluvia, muy presente en casi toda la saga.

En Mil mariposas habría sido un sacrilegio no deambular por los tejados de París, esas cubiertas grises de zinc inclinadas en mansarda que a mediados del siglo XIX y bajo el imperio de Napoleón III (y gracias al barón Haussmann), florecieron por toda la ciudad. Y Olivier, el más gamberro y canalla de todos los protagonistas de la saga, se convertirá también en el más gato de todos y, no solo porque se encarama al edificio de enfrente para espiar el interior de la buhardilla en la que vive Daniela, sino porque, en otra escena, se la lleva de paseo nocturno sobre los tejados con la intención de enseñarle el skyline de la ciudad. Y a pesar de su forma de ser, de parecer superficial hasta la médula, de plantearlo todo como una broma y de querer tener para él protagonismo de cada escena… Que alguien se atreva a decir que no es romántico que te lleven a ver la Torre Eiffel iluminada en la noche (aunque haga un frío que pela y te castañeteen los dientes).

No os dejéis engañar. Olivier es mucho teatro, mucha pose, pero no es lo que aparenta. Y en fragmentos como este iremos descubriendo su personalidad. Toda la frivolidad de la que hace gala se barre de un plumazo.

      «Olivier cambió de lugar y se sentó en un rincón del tejado, desde allí podía escuchar la conversación de las dos muchachas y, si se concentraba, también podía oír como la respiración de Dani se tornaba pesada, debido a la pastilla que había ingerido. Se sentía tentado a entrar en su cuarto y observarla dormir, pero pensar en ello le hizo recordar su sabor. En su estado no podría reprimirse y estaría tentado a probar un nuevo bocado.
Una fina lluvia comenzó a caer y él se detuvo unos instantes mirando el oscuro cielo. Allí sentado, podía tomarle el pulso a la ciudad. En los edificios de enfrente una madre regañaba su hijo, en el piso de al lado alguien bailaba al son de una vieja radio y bajo sus pies una pareja intercambiaba palabras tiernas mientras hacían el amor. Escenas cotidianas que para él nunca habían tenido importancia.
¡Maldita sea! Él había estado libre de sentimientos como esos durante siglos ¿Por qué ahora? A estas alturas era absurdo enamorarse de una humana que además era «hija» de su gran amigo Jean Jacques.
¿Para qué complicarse?»

Tras las aventuras de París, nuestro paseo por los tejados nos lleva a la alta montaña de los Alpes franceses. En Sol de invierno, a pesar de que el tejado de la casa de Julius está muy solicitado (hay un momento en el que están todos allí de celebración), yo me quedo con la escena que protagonizan Jean Jacques y Judith.

Menudo regalo que le hace la brujita a nuestro vampiro.

Dante no hace ninguna escapada por los tejados. En Bajo la piel del león, los paseos con Victoria por la capital gala son a ras de suelo, pero claro, viviendo en un ático y teniendo como como cabezal de cama una ventana desde donde se ve la torre Eiffel, da igual que seas el más felino de todos, ¿qué necesidad hay de vagar por las techumbres si ya tienes el mundo a tus pies?

Y Jack… Quinto libro y de nuevo París. En La última rosa del verano, el violinista emulará a su buen amigo y escalará de nuevo hasta lo más alto para estar cerca de su chica. Aunque él no tendrá ningún reparo en descubrirse y tocar a su ventana.

Es curioso. Hasta que me planteé contaros los paseos nocturnos de Olivier, no fui consciente de las veces que mis personajes habían vagabundeado por los tejados.

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