París es siempre buena idea. Escenarios de novela

Seguramente os habréis preguntado alguna vez por qué tal novela se desarrolla en determinado sitio en vez de en otro, cuando para ti, como lector, el lugar podría ser intercambiable (el espacio donde transcurre la trama parece no afectarla ni condicionarla) o porque una ciudad, como por ejemplo París, ha sido (es y será) tantas veces la casa de mil y una historias. Pues os confesaré una cosa: nada en la literatura suele obedecer a un capricho, casi nada es casualidad. Los escritores, aunque pueda parecer lo contrario, no nos dejamos llevar solo por el corazón. Siempre hay uno o varios motivos (de peso) para las elecciones que hacemos y seguro que os sorprendería conocer el porqué de algunas de ellas. Es solo que no se cuenta, claro, la nube que llevamos alrededor de seres de pura inspiración se perdería con un chasquear de dedos si supierais más de la mitad.

Entiendo que los lectores estéis saturados de ver algunas localizaciones. A veces los escritores nos obcecamos una y otra vez en mostrar la misma puesta en escena, el mismo telón de fondo, en lugar de sitios exóticos u originales que despierten un nuevo interés. Sí, yo también me canso y en ocasiones busco cosas distintas. Y entonces, ¿por qué, a pesar de haber dicho que a veces nos repetimos demasiado, elegí París como escenario principal en La paradoja de la fuerza irresistible? Pues porque tengo unas necesidades concretas y las características de ese sitio me benefician de algún modo. Y si algo me lleva una y otra vez a un determinado lugar, lo uso, claro.

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Photo by paul wallez on Unsplash

No solo aparece en esta novela, a mi París me viene de lejos, y es que en la saga Amor y Sangre, esta ciudad ya tiene bastante protagonismo y, al margen de que sea la cosmopolita vieja Europa y de que mis personajes sean muy viejos y europeos y se sientan cómodos allí, ¿sabías que París tiene más de dos millones de habitantes? ¿O que (esta es más curiosa) tiene un promedio bastante alto de días nublados? Aunque pueda parecer una tontería, esas son dos cosas que necesito y que, cuando barajé mis primeras opciones, me hicieron fijarme en ella. Una, porque en una ciudad populosa mis protagonistas consiguen pasar más desapercibidos (y de verdad que lo necesitan). Dos, porque si el día está nublado pueden aventurarse a salir al exterior y eso me da margen a que se relacionen con otros personajes. Y tres (sí, ya sé que dije dos, pero esta va de regalo), porque es una ciudad preciosa y evocadora, y con solo mentar su nombre, la imaginación del lector vuela y facilita mucho el trabajo. ¿Quién no conoce de alguna manera París?

A veces una localización puede serlo todo, incluso puede llegar a asumir parte del papel protagonista de una historia, pero no siempre es así, la mayor parte de las veces solo es una caja donde transcurre la acción. Y eso es lo que sucede en mi novela con un segundo escenario de excepción. A pesar de ser solo una localización más, me sentí eufórica cuando lo encontré; por sí solo ya creaba un clima que me venía de perlas para lo que tenía pensado. Unas fotos de un viejo búnker de la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial me alegraron el día. El solo ya creaba más de la mitad de la atmósfera que yo necesitaba. Se trata de Margival.

El pasillo, cada vez más angosto, daba vueltas y vueltas sobre sí mismo enroscándose en una espiral que parecía no llevarlos a ninguna parte. Se sucedían las puertas gruesas de hierro desvencijadas y oxidadas, los giros a derecha e izquierda que no seguían un patrón y las paredes desconchadas como si estuvieran en carne viva. Y el olor. Ese olor penetrante a podredumbre y humedad que conforme se iban adentrando en las entrañas del búnker era cada vez más fuerte. 

Extracto de La paradoja de la fuerza irresistible, capítulo 24.

Pero no solo es encontrarlos. La obligación, aunque después tengas que guardarte muchos detalles porque no puedes llenar páginas y páginas, es conocerlos y reconstruirlos en tu mente con el mayor lujo de detalles para después ponerlo delante de las narices de tu lector y que de pie a que sueñe con todo lo demás. Esa necesidad de contar lo justo me lleva a hablaros de otra cosa: a cómo os enseñamos ese lugar. Aunque hay muchas formas porque los personajes que viven en la historia se mueven, piensan y cuentan que ven, no queda otra que describirlo.

Malditas descripciones. Qué complicado es llegar a vosotros con ellas. Cuantas veces leeré y añadiré para luego recortar. Por exceso, por defecto… Son necesarias para situar a nuestros personajes, aunque ralentizan la lectura. A veces, incluso son más un cúmulo de emociones, que de objetos expuestos para que nosotros (los que escribimos) hagamos una fotografía. ¿Dónde está el límite para crear un mundo de tres dimensiones? Creo que la mejor definición que he encontrado hasta el momento la hace Umberto Eco en uno de sus artículos de la recopilación Sobre literatura. Habla de la cantidad de detalles que deben «construir» la descripción de un escenario y dice: «Los suficientes para animar al destinatario a que se construya una imagen, pero no demasiados, porque en ese caso la imagen resultaría inconstruible». Y sí, es así, cuando te enfrascas en una lectura y empiezan a darte datos y más datos al final te pierdes y no puedes montar en tu cabeza el lugar donde transcurre la escena.

He aprendido algunas cosas desde que paso horas muertas juntando frases, pero aún me queda mucho por conocer. Espero no haberos aburrido demasiado y que continuéis al otro lado de esta pantalla. Yo por mi parte, prometo seguir contando.

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