¿Qué surge primero, el personaje o la historia?

¿Cómo se gesta una novela? ¿Desde dónde parte? ¿De la idea que tenemos de la historia o de los personajes?

No escribo estas líneas con la intención de dar una clase magistral ni nada que se le parezca por una sencilla razón: soy una escritora en prácticas. Así que, como comprenderéis, no estoy en condiciones de dar pautas de trabajo ni consejos a seguir, solo de compartir mi experiencia y, si algún escritor de verdad me lee y quiere aportar su granito de arena, de abrir debate.

¿Cómo empieza todo?

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Photo by Aaron Burden on Unsplash

En mi caso,  siempre hay un detonante (una imagen, una canción, una conversación que tienes con alguien…) que me indica qué camino debo seguir. Es decir, hay una idea que me sitúa en el tiempo y el espacio y que me hace interesarme por algo en concreto que quiero contar. Pero la historia de verdad, todo el entramado que va sustentar esa idea, crece después de conocer bien a los personajes. Ellos son el verdadero motor. Su personalidad, credibilidad y verosimilitud, y la respuesta que dan a las acciones que yo, como jefa del cotarro les propongo, suele ser la brújula que indica el camino. La experiencia me dice que no hay otra manera, que una vez les das vida y pensamientos, no puedes forzarles a que actúen como tú quieres. Si lo haces dejarán de parecer seres de carne y hueso y se convertirán en marionetas (y si eso ocurre, más vale dar marcha atrás y crearlos de otro modo).

Estoy hablando de protagonistas o de secundarios con peso en la trama, claro. El resto están al servicio de la acción (para ayudar al personaje principal, para ponerle obstáculos…) y normalmente apenas tienen desarrollo. Algunos incluso, entran en tu novela, dicen dos frases y salen para siempre jamás.

En el proyecto en el que estoy trabajando, —la saga de romance paranormal Sangre y cenizas—, tenía muy claro que el hilo conductor de estas historias giraría entorno a la caza del vampiro. El depredador convertido en presa. Y de forma curiosa, en lugar de pensar en quiénes iban a protagonizar las historias de amor —que se supone es el eje central de lo que escribo—, el primer personaje que nació fue el del cazador. Aunque después en los libros no cuento todo por lo que ha pasado para llegar al punto en el que aparece aquí, claro, pero sí os diré que dí muchas vueltas para desarrollar su personalidad y que pareciera creíble. Sí, el primero fue el antagonista, un secundario con peso en la trama. En líneas generales es un hombre millonario y excéntrico acostumbrado a conseguir todo aquello que desea, que empezará cazando conejos en un coto de caza como distracción para superar una mala situación personal y acabará persiguiendo especies protegidas y animales exóticos en cualquier parte del mundo. ¿Imagináis que sucede cuando se entera que existen los seres oscuros? Pues el reto es tan grande que no escatimará gastos para ampliar su sala de trofeos.

Una vez que esa parte estuvo clara, aunque después hubo muchos matices y la incorporación de nuevos antagonistas que ayudaran al magnate a conseguir (o intentarlo, al menos) sus propósitos, tuve pensar en lo que realmente era importante: buscar a los verdaderos protagonistas de mi historia y darles a cada uno su papel. Y había millones de posibilidades.

La Historia me gusta desde siempre. Consumo películas de época, documentales, reportajes, y cuando viajo siempre intento hacer visitas a edificios que me hablen del pasado: catedrales, castillos, barrios de trazado medieval, lugares donde haya acaecido una batalla… No puedo evitar sentir ese vértigo que me produce retroceder en el tiempo, imaginar quién tocó esas mismas piedras, contemplar el lugar de reposo de los huesos de alguien importante o pisar el suelo donde ocurrió algo que cambió el transcurso de la Historia. Y entonces vi aquel reportaje sobre la caída de Acre y todo encajó. Ya tenía a mi héroe particular, mi primer protagonista: así nació Korbinian. Un hombre honesto y sincero que sabía de sobra lo que era sacrificarse por algo más grande, que estaba dispuesto a morir por su fe y que conocía las privaciones de una vida dura y austera: un monje guerrero, un miles Christi, un caballero perteneciente a una Orden Militar. No tenía rostro ni nombre (lo de Korbinian vino mucho después y su descripción física aún más tarde), pero sabía cómo pensaba y cómo iba a actuar.

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La Vía Láctea tiene un simbolismo importante en Los amantes del cielo. Foto de Unsplash

Aunque mi novela no transcurre en ese período histórico empecé a leer sobre las Cruzadas un poco a la desesperada: la batalla de los Cuernos de Hattin, el sitio de Saladino a Jerusalén, la caída de Acre… Y una vez que decidí que mi caballero iba a ser un noble y que pertenecería a la Orden Teutónica, me lancé a buscarle un lugar de nacimiento, una familia. y un compañero de fatigas: Wigan. Cuando estos dos estaban peleando por quién iba a tener más protagonismo (y con la idea de la historia mucho más avanzada gracias a ellos; la trama iba creciendo en mis notas al mismo tiempo que sus biografías) apareció su «hermano mayor», Audric, el tercero en discordia, un cruzado que intervino en la primera Cruzada  y que es un poco la oveja negra de la familia.

Fue entonces, al tener al elenco principal, cuando me di cuenta del reto que se me planteaba: hombres con semejante pasado iban a darme muchos problemas debido a su mentalidad si no conseguían evolucionar hasta el siglo XXI. ¿Quería eso? No. Así que para ayudarles a adaptarse a los nuevos tiempos me serví de Radamés, su padre de sangre, un egipcio que ha vivido tanto que ha encontrado el equilibrio y ha sabido abrir y liberar la cerrada mente de sus hijos.

Después llegaron las féminas: Anabel, Sophie, Rachel, y Jennifer, cada una de ellas pensada para ser el contrapunto de su pareja; secundarios traídos de la primera serie que escribí, como Salomé, y otros de nueva factura como el profesor Jens y Andrew. Lo sé, lo sé, es mucha información (y podría seguir), pero aunque cada libro corresponda a una pareja, la serie es bastante coral y todos tienen algo que decir. Se buscan, se apoyan… Son una especie de gran familia y para que nada se me escape he ido escribiendo pequeñas biografías de todos ellos.

Una cosa trajo a la otra, pero para mí el verdadero proyecto empezó con Korbinian. Él fue quien me ayudó a crear todo este universo.

«Salió de aquella casa como un ladrón, avergonzado por huir de esa manera. Pero, ¿qué podía hacer? Ella necesitaba tiempo y él se lo daría. Y, aunque le quemaban las manos y sentía la necesidad de golpear algo o a alguien para calmar su frustración, se limitó a esconderse entre las sombras y se obligó a caminar sin mirar atrás.
Esperar. Tendría que aprender a esperar.
El tiempo que hiciera falta».

Los amantes del cielo – pequeño extracto del capítulo 22.

Como ves, en mi caso, las dos cosas van parejas; la historia no consigue crecer si no conozco bien a mis personajes principales, pero tengo claro que «ellos» no están a su servicio sino que te obligan a dar giros y a evolucionar.

Después, antes de comenzar a escribir, está muy claro que tienes que plantearte muchas otras cosas: la forma en la que quieres contarla, los lugares donde va a desarrollarse, el tono, la extensión… Pero de eso ya hablaremos otro día.

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