La paradoja de la fuerza irresistible – Prólogo y capítulo 1.

La novela ya está en preventa, pero hasta su publicación Amazon no os dejará cotillear las primeras páginas. ¿Y cómo vais a lanzaros a comprar un libro si no tenéis ni idea del tono, de qué va la historia o ni siquiera si sintonizáis con mi forma de contar?

Por eso, aquí están. El prólogo y el primer capítulo de La paradoja de una fuerza irresistible, segunda parte de la saga Sangre y cenizas.

Como vais a comprobar si seguís leyendo, es una continuación, así que yo os recomendaría que os leyerais primero Los amantes del cielo, pero, si no os apetece —hay libros que por lo que sea no nos llaman—, y preferís empezar por aquí, adelante, no vais a perderos. Aunque dejaréis de saber cómo se conocieron Wigan y Sophie y os aseguro que tienen algún que otro momento memorable.

 

PRÓLOGO

Sophie se dio cuenta de que alguien la seguía por pura casualidad.

Se había bajado en la estación de metro de Oxford Circus con la intención de dar una vuelta, mirar escaparates e impregnarse de la atmósfera de aquella concurrida zona londinense. No era la primera vez que escribía un artículo para la revista donde trabajaba tras un pálpito mientras se daba un paseo y por eso decidió dedicar a ello la mañana. Iba distraída pensando en sus cosas cuando, al pararse delante de una tienda de moda, vio el reflejo de un hombre en el cristal.

Todo el escaparate estaba vacío y él se había colocado justo detrás.

Primero se asustó —encontrarse con alguien tan cerca le hizo tensarse y desear salir corriendo—, después lo pensó mejor y le quitó importancia. Le examinó con detenimiento. Era un individuo normal con un rostro anodino de esos que por mucho que te esfuerces no tiene ninguna peculiaridad que recordar. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni delgado. No tenía nada de especial. Pero, mientras le observaba a través del reflejo en el cristal, un detalle consiguió descolocarla: el tipo se llevó el pitillo a la boca y, por el puño entreabierto de la camisa, descubrió en su muñeca un Patek Philippe vintage.

¿Dónde lo había visto antes?

Por un momento dudó, ¿había sido el gesto de fumar o la visión del reloj? No estaba segura, pero de algún modo había tenido un flash de esa imagen: un brazo masculino con un pitillo entre los dedos y el puño de una camisa blanca abierto con el reloj asomando ligeramente.

Volvió a mirarle a la cara y se dio cuenta de que, para estar delante de un escaparate, hacía como que contemplaba distraído el final de la calle.

Sus ojos regresaron al reloj.

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Foto de Unsplash

Aquel modelo en concreto era todo un clásico. Caja de oro blanco, correa de cuero, esfera también blanca con las indicaciones de las horas sin cifras y con un pequeño recuadro para la fecha en la posición de las tres. No era una falsificación, estaba casi segura. Pero, aunque fuera de segunda mano, su precio rondaría entre las quince y las veinte mil libras, así que no parecía muy lógico que lo llevara alguien vestido normal y corriente. Aquellos relojes eran prohibitivos y solo unos pocos podían permitírselos.

Su imaginación echó a volar y empezó a establecer conexiones que consiguieron asustarla.

Maldijo.

Tenía que tomarse las cosas de otra manera. No pasaba nada, era una simple casualidad. Si empezaba a obsesionarse con esas tonterías construiría castillos con un solo grano de arena y después de todo lo que había pasado, no era plan.

¿Cuántas probabilidades había de que aquel maldito reloj fuera falso? Muchas. Londres era una ciudad cosmopolita, cierto, pero cuando alguien nadaba en dinero se notaba y ese tipo no daba la talla. ¿Su traje? No. ¿Sus zapatos? Aún menos. Lo más lógico era que fuese una falsificación. Punto. Además, nadie era peligroso por llevar un reloj.

Pero, en realidad, la advertencia que le había dado su cerebro no era porque alguien que no lo mereciera llevase un reloj caro en la muñeca. Lo que hizo que Sophie le diera tantas vueltas al asunto fue la sensación de haberlo visto con anterioridad. ¿Dónde? No lo sabía, pero un martilleo insistente repetía en su cabeza que ese «dónde» era importante. La sensación de déjà vu era cada vez más fuerte.

Necesitaba hacer algo, no podía quedarse toda la mañana parada en aquella acera.

Entró a la tienda y por el rabillo del ojo se fijó en lo que hacía aquel individuo. El tipo tiró la colilla al suelo y la siguió.

«Mierda».

Bien, no pasaba nada. Averiguaría sí estaba allí por ella. Pondría a prueba su paciencia.

Empezó a recorrer los pasillos esforzándose por ir tranquilamente, como sí, en realidad, fuera a comprarse algo. Cogió varias prendas después de estar un buen rato mirando y se metió en el probador. Se sentó. Contó hasta cincuenta despacio antes de salir para cambiar los pantalones por un vestido.

Haría lo mismo tantas veces como fuera necesario. Hasta que cerraran la tienda o aquel tipo perdiera los estribos y se largara.

***

¿Qué sucede si una fuerza irresistible choca contra un objeto inamovible?
El objeto inamovible se mueve, la fuerza irresistible se detiene.

—1—

Cuando regresas a casa después de una gran aventura es muy fácil sentir que a la vida le falta algo. Emociones, descubrimientos inesperados, miedo, sobresaltos… Ese volver a la rutina consigue que el mundo aminore hasta llegar a la velocidad de crucero como si nada hubiera sucedido. Pero, aunque todo aparenta continuar como antes, si has salido viva de milagro, inevitablemente valoras de forma distinta lo que ocurre a tu alrededor. Mientras estás inmersa en ello no te paras a pensar en sí haces lo correcto; el torrente de adrenalina te lleva hacia adelante empujándote a toda velocidad, pero ahora, cuando todo ha pasado y Dios parece haber pulsado la tecla de pausa, es el momento de reflexionar.

¿En qué instante se había trastocado la vida de Sophie? En cuanto metió la llave en la cerradura y cruzó el umbral de la puerta de su casa. Fue entonces cuando su vida se precipitó.

Sentada en el probador, mientras hacía tiempo para que aquel individuo se marchase de allí, recordó lo que le había llevado hasta aquella situación.

sophie en el probador

¿Qué habían hecho con ella? Se había vuelto tan asustadiza como una ardilla.

Pero, claro, ¿quién le iba a decir que su casa se convertiría en su enemiga en cuanto entrase por la puerta? Aquella noche, aquella maldita noche, ni siquiera llegó a quitarse el abrigo. Tan pronto puso los pies en el diminuto vestíbulo, dos hombres le arrancaron el bolso de las manos, la inmovilizaron y le cubrieron la nariz con un pañuelo impregnado en un compuesto químico que la dejó adormilada en pocos segundos. Despertó horas más tarde en el cuarto de un almacén textil cerca de las vías del tren —muy cerca, las paredes temblaban cada vez que pasaba uno—, con un dolor terrible de cabeza y muchas ganas de vomitar.

Mientras esperaban al jefe la trataron como si no estuviera retenida contra su voluntad. Ni preguntas ni coacción ni violencia. Le dieron agua, le ofrecieron unos sándwiches y la ignoraron mientras jugaban a las cartas. Pero aquello, por mucho que intentasen disfrazarlo, no dejaba de ser un secuestro. No era solo que no le permitiesen abandonar el sofá; habían allanado su casa y la habían sacado de allí por la fuerza.

Descubrir quién orquestaba la operación hizo que se pusiera muy nerviosa. Reconoció a Tyler Simmons, el magnate americano, nada más verle. Ese hombre era multimillonario y dudaba que en su casa pudieran reunir una suma lo suficientemente atractiva como para liberarla. Porque, si no era dinero ¿qué otra cosa podrían ofrecerle sus padres? ¿Contactos? Estaba segura de que no le hacían falta, su fortuna podía comprarlos.

El señor Simmons se comportó de manera aterradoramente cordial. Junto a una taza de té iniciaron una charla superficial como si estuvieran en una agradable reunión social. Pero Sophie no se dejó engañar y se comportó con cautela; aquel hombre era cualquier cosa menos inofensivo. Y no le creyó cuando dijo que, tan solo con que su padre aceptase a verle, la soltarían. Le sonó a cuento chino.

Aquellas horas de espera mientras aguardaban la llamada de su familia se hicieron eternas y Sophie, sobre todo por las conversaciones de las que fue testigo, fue pasando del escepticismo al miedo y del miedo al terror. Los oyó hablar de seres oscuros, de colmillos y sangre, de transformaciones a la luz de la luna, de leyendas y supersticiones… Y empezó a sentir pánico. Todo parecía indicar que había caído en manos de una secta y que estaba rodeada de locos.

Las primeras veces no le dio importancia —estaba tan en shock que ni se dio cuenta de que la llamaban Anabel—, pero cuando fue tranquilizándose al ver que no pretendían hacerle daño, empezó a ser consciente del embrollo; estaba allí porque la habían confundido con su amiga. No se molestó en contradecirles, desarrolló la singular teoría de que, si lo averiguaban, quizá se desharían de ella sin el menor remordimiento. Pasó todo el día rezando muerta de miedo para que no descubrieran que no era quien ellos creían, hasta que se descubrió el pastel —una foto de la verdadera Anabel con su cara pecosa y su pelo del color del fuego encontrada de casualidad en las redes— y el nerviosismo se apoderó de todos. Y, a pesar de saber que iban a darles lo que pedían tras contactar con Jens, el padre de su amiga, empezaron a tratarla como en un secuestro real. La aislaron en otra habitación y no la perdieron de vista en ningún momento.

Pero, si de verdad creía estar viviendo una pesadilla, la noche siguiente se desató la locura. Tres individuos entraron a la fuerza para liberarla, lo cual era una buena noticia si no hubiera encontrado que no eran hombres realmente, sino vampiros.

¿En qué momento el mundo se había vuelto loco de atar? ¿Vampiros? Esos seres no existían.

Sí, sí… Sí existían.

Respiró profundamente, aunque estuviera allí sentada sin hacer nada, su corazón parecía empeñado en latir como si hubiera corrido una maratón. Asomó la nariz por uno de los laterales de la cortina para comprobar si veía al hombre del reloj y una dependienta le preguntó si todo iba bien. Por toda respuesta, Sophie, con una sonrisa de lo más falsa, le pidió que le cambiara una talla.

Volvió a sentarse.

Desde que regresó a Londres, no había pasado ni una sola noche en la que no pensara en ellos. En cómo esos seres se habían convertido en protectores y aliados de una forma absurda e irreal. Al pensar en Anabel, su amiga del alma, sonrió. ¿Quién iba a imaginarse que estaría en esos momentos casi viviendo con uno de ellos?

¡Ah! El amor…

Recordaba punto por punto su conversación. Anabel no quería dejarla en casa sola —no después de lo que había vivido—, y apenas se había llevado lo imprescindible; su espíritu y docenas de sus cosas seguían allí. Pero Sophie había insistido: «La vida sigue, chérie, y hay que vivirla». Y había conseguido convencerla para que volase tras la oportunidad que se le presentaba. Aunque solo tuvo que darle un empujoncito, su amiga estaba tan enamorada que el resultado estaba cantado.

Pero, aunque Sophie fingía a diario haber superado todo aquello, la realidad era que no lo había hecho. Entraba a su casa a hurtadillas, vigilando en cada descansillo de la escalera y parándose a escuchar cada pocos pasos. Estaba paranoica. ¡Si hasta ponía un papel pellizcado entre la puerta y el marco para averiguar si alguien la había abierto en su ausencia!

Había visto hacer aquel gesto en una película[i] —no recordaba en cuál, pero eso no importaba— y si con ello lograba averiguar si tenía un intruso esperándole dentro, se daría por satisfecha.

Tenía que convencerse. Aquello había acabado, estaba de una pieza y los monstruos se había alejado. Estaba a salvo.

Se puso en pie y se animó a salir. Llevaba allí dentro tanto tiempo que aquel tipo ya debería de haberse marchado harto de esperar.

***

[i] El golpe (1973) dirigida por George Roy Hill y protagonizada por Paul Newman y Robert Redford.

——————————

La paradoja de la fuerza irresistible no tiene editorial y solo podrá comprarse en digital (por el momento) en la plataforma Amazon.

Optimized-La paradoja de la fuerza irresistible.

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SINOPSIS

¿Qué sucede si una fuerza irresistible choca contra un objeto inamovible? Que el objeto inamovible se mueve y la fuerza irresistible se detiene.

La realidad es que no existen objetos que se resistan a moverse ni fuerzas del todo imparables, pero así son las paradojas; un contrasentido.

Wigan, muerto desde hace setecientos cincuenta años y transformado en vampiro, se ha convertido en mero espectador de su vida y del mundo. Su verdadero yo humano malvive bajo capas de ironía e indiferencia. Su existencia es la de un objeto inamovible. Reencontrarse con Sophie despertará en él sentimientos que hacía tiempo que tenía olvidados. Ella no solo es vida y emoción, es la energía arrolladora que él ha dejado de sentir, es la fuerza imparable que conseguirá agitar sus cimientos.

En esta segunda entrega de la saga, la caza continúa. Los seres oscuros vuelven a estar amenazados por intereses humanos y Wigan y Sophie se hallan en el ojo del huracán. No habrá punto medio, el choque entre mundos no podrá detenerse, y ellos tendrán que aferrarse al amor si quieren salir indemnes en esta aventura.

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