La incómoda posición del escritor.

Cuando compartes un trabajo, en mi caso hablo de mis novelas, quedas expuesto a la censura (entiéndase censura como crítica o detracción) y a que cualquier lector pueda dar libremente su opinión. Y ese feedback es importante, te ayuda a tomarle el pulso a lo que muestras y a saber si tu trabajo ha merecido o no la pena para esa persona. Lo entiendo, lo asumo y lo agradezco. Pero las opiniones son —salvo que vengan de la mano de un crítico profesional que remarque con precisión las trabas que tiene tu historia—, tremendamente subjetivas y lo que para un lector es un escollo que consigue repudiar tu nombre para siempre, para otro es lo que puede diferenciarte, conseguir que confíe en tu trabajo y que siga contando contigo en el futuro.

Optimized-photo-1471440671318-55bdbb772f93Leo muchas críticas, no solo mías, también de otros escritores y mientras que en otros géneros he encontrado una mayor diversidad en cuanto a las cosas que hacen que una novela pueda ser o no «un buen libro», en la Romántica, género en el que además yo me muevo, el lector necesita enamorarse con cada lectura. No solo ha de sufrir, llorar, sonreír, entretenerse… Ha de enamorarse de la historia, de los personajes y del devenir de su relación. Y muchas veces no importa lo predecible, lo clonado que esté el cliché, lo poco original de la trama. Si se enamoran de tus palabras, de tu forma de llegar hasta ellos, lo habrás conseguido. Y ahora que digan que es fácil escribir Romántica.

Hay ciertos estereotipos que te pueden ayudar a conseguir que un lector se sumerja en las páginas de tu libro, pero, por desgracia, no existe una fórmula que lo consiga al cien por cien, para ello ha de darse entre el escritor y el lector cierta química, como la que envuelve a dos enamorados que solo se ven el uno al otro ignorando lo demás. Hay cientos de lectores y cientos de «necesidades lectoras» y no es sencillo encontrar un nexo común que consiga que te cueles bajo su piel. Porque precisamente los lectores de Romántica quieren eso, que les toques la fibra, remuevas sus sentimientos y les hagas temblar de la emoción.

Todo esto sirve de preámbulo para decir algo que todos sabemos: que una novela genera mil lecturas, todas ellas diferentes. Y llegado a este punto de diversidad sería fantástico poder preguntar y comentar, a otros lectores o al autor incluso, en un debate sano, pero encontrar ese intercambio es difícil,  las más de las veces vuelan dardos envenenados en todas direcciones.

¿Por qué?

Porque a veces no somos conscientes de cómo y qué decimos, porque a menudo la pantalla de nuestro ordenador es una barrera tan alta y tan grande que nos sentimos al resguardo. Es la impunidad que dan las redes sociales, la deshumanización a la que todos sin excepción nos vemos sometidos.

Un ejemplo. Subes al ascensor de tu edificio y en la planta inferior entra tu vecina. La conoces porque las ves todas las semanas, pero no tienes confianza con ella. No demasiada. Nada más entrar vas y le dices: «Ese vestido es horroroso». Y como es tu opinión sincera pues no debería pasar nada, ¿no? Hay libertad de expresión. Pero el quid de la cuestión es: ¿lo harías?

Creo que puedo afirmar que probablemente no.

Es absurdo comparar algo que se ha puesto en el mercado para que todo el mundo opine (o no, es un país libre) lo que piensa, con el vestido de tu vecina, lo sé, pero mi intención es que comprendas cómo se sentirá ella (o tú si fuese al revés), si a bocajarro recibe una andanada de esa índole.

Pues eso pasa con los libros y con los sentimientos de quienes los escribimos.

Pasas muchos meses (hablo por mí) pensando y cuidando de él. Eres amateur, tienes todavía la ilusión de quien empieza y la mente llena de sueños y buena voluntad. Vas un poco a ciegas porque no se encuentran muchas ayudas externas y las que se te ofrecen a veces pueden desviarte del camino —con toda la buena intención del mundo—, sin que te des cuenta (no siempre hay buenos consejos, no solo de amigos, incluso de algún que otro editor, aunque de estos últimos más bien es la falta de ellos). Y cuando abres la puerta de la jaula que encierra entre algodones tu trabajo, si tienes la suerte de contar con amigos te amortiguarán el golpe, pero si no tendrás que aprender a mantenerte firme, poner cara de póquer y sonreír aunque te cueste la vida.

Es duro, os lo puedo asegurar. Yo he cogido a uno de mis gatos en brazos para irme a llorar a un rincón muchas veces, más de las que me gustaría. Pero no diré nada en público jamás; esa es mi parcela de intimidad, mis inseguridades, mi yo real. Además, esto es política de mercado: El cliente siempre tiene la razón (aunque sea posible que no la tenga).

Ahora quiero pediros que hagáis una cosa, cerrad los ojos y cruzad la línea, poneos del otro lado, del de quien escribe, y os preguntaos por qué vuestro libro no ha conseguido el aprobado por…, por ejemplo,  que se le ha tachado de aburrido a pesar de que para ti la escena está aderezada con las dosis justas de aventura (¿y por qué lo de aburrida?) o que un personaje no caiga bien y se salga de los cánones de perfección que estamos acostumbrados o, como últimamente he leído, los protagonistas no se pongan el condón antes de meterse en la cama. Ahora resulta que la novela romántica es un tratado didáctico que sustituye a la asignatura de educación sexual que se imparte en los colegios… A veces me vuelto loca con algunos de vuestros comentarios, no veo por dónde pillaros.

En estos días se ha hablado mucho de la postura de superioridad del escritor. Sobre todo de ese que es un petimetre ególatra que nos mira desde lo alto y nos juzga por lo que decimos, ese que muchos ven como un ser intocable y superior. Yo no voy a juzgarle, aunque no me considere a su altura estoy metida en ese bando y sería como tirar piedras contra mi propio tejado, pero tampoco puedo defenderle, realmente algunas reacciones y comentarios me han parecido muy desafortunados. Pero esta entrada no es para ellos, los que están en la cima, la mayoría somos gente normal, con nuestros defectos y afectos. Esta entrada es solo para saber cuál es la postura ideal que hay que tomar ante todo.

Desde mi rincón, a menudo me siento confusa e incómoda. No acierto a entender qué busca un lector en la relación con un escritor.

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