Lector y escritor. Dos miradas distintas de un mismo universo.

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Es un binomio inquebrantable. Sin los libros no existen los lectores, sin los lectores, quienes nos dedicamos a juntar letras no tenemos razón de ser, porque, a pesar de que siempre digamos que es para nosotros mismos, que es un ejercicio individual y liberador, es indiscutible que queremos (necesitamos, ansiamos) que nos lean. Pero, como en todo matrimonio, a veces existe una relación de amor platónico, otras es puro y verdadero y en ocasiones (las menos, gracias a Dios) se transforma en un amor-odio bastante insano.

Y la realidad es que los que aman la literatura nos necesitan como quien toma aire para respirar y para quienes escribimos, aunque se nos pueda ver en una torre aislada o en un plano superior, no hay mayor recompensa que te mensajeen y te digan: «Te he leído».

El  tan añorado feedback.

No soy demasiado amiga de los anglicismos, pero es difícil encontrar un término en castellano que corresponda en su totalidad al significado de esa palabra. Esa alimentación que vuelve a nosotros con cierto sentido circular. El feedback (por el que todos luchamos un poco) es, por definición:  la respuesta, el comentario o reacción que te empuja a mejorar o a cambiar algo.  Por eso es tan importante para un escritor.

Pero los matrimonios son complicados y gracias (o debido) al tan extendido uso de las redes sociales, el mundo del escritor y de los lectores es cada vez es más próximo. La línea es tan delgada que en un chasquear de dedos se puede pasar de vivir en mundos paralelos a entrecruzarse y confundirse. Todos somos lectores, todos tenemos opinión y muchos escribimos. Somos una gran comunidad obligada a entenderse, pero somos muy distintos.

¿Cuál es el punto medio ideal? ¿«Estar» sin invadir o mantenerte distante?

Yo me lo pregunto a menudo y personalmente peco más de defecto que de exceso. Hay lectores que te citan o te incluyen en una conversación, quieren llegar a tí y que interactúes con ellos. A otros les da plin que existas, prefieren ser libres de charlar sin tener el aliento del autor dejándoles un rastro de calor en la nuca incomodándoles y/o presionando para obtener el carísimo feedback. Con los autores pasa lo mismo, los hay reservados o exhibicionistas… Y eso me lleva a preguntarme por qué es tan difícil encontrar el camino exacto. Ser y no ser. Estar o no.

¿Qué deberíamos hacer?  Si no somos cercanos, si no jugamos la baza de la proximidad, no crearemos comunidad, nadie nos verá como un posible y nuestra escritura irá muriendo sin remedio. Y si estamos al pie del cañón corremos el riesgo de parecer agresivos y de imponer nuestra presencia.

Ni contigo ni sin ti.

No podemos no existir, pero es necesario que establezcamos nuestras propias reglas no escritas: Respeto, profesionalidad y humildad. Por ambas partes.

¿Quién es el culpable de que la relación entre escritores y lectores se deteriore hasta límites insospechados? Tras mucho meditar he llegado a la conclusión de que dos grandes inconvenientes son el ego del escritor y la impunidad que nos dan los medios digitales. Apuesto por ellos.

El ego.

Salvaje e indomable o pisoteado, pero está ahí, latente. Y aunque, como comunidad, deberíamos escribir y comportarnos con humildad y honestidad, muchísimas veces encuentras cara a cara con ese rumor que circula por ahí —la (no tan) leyenda urbana—, de que el escritor es vanidoso y narcisista, prepotente y envidioso por definición. Y yo, que no conozco tantos escritores como pueda alguien pensar por estar ahí, a las puertas de ese mundo, observo y en más de una ocasión me he preguntado si no será todo cierto.

La impunidad que dan los medios digitales.

A menudo, (más de lo que me gustaría) me encuentro con comentarios en las redes que quiebran esa comunión que debería existir entre autor y lector. Cosas que cara a cara no dirías (o sí, hay gente para todo) y que aquí, en las redes, corren como la pólvora. Hay plataformas que están repletas de agitadores, expertos en «calentar» cualquier situación colgando cuatro frases que ponen en guardia a esa segunda tanda de discípulos que sin saber ni cómo ni por qué entran al trapo sin remilgos. Y el problema es que es tanta la exaltación del yo, tal es la falta de empatía, que pisoteamos sin darnos cuenta los intereses e ilusiones de quienes nos rodean (y esto va por todos, solo hay que pararse a observar). Ha llegado un punto que es difícil hablar sin ofender o replicar sin que el mundo se te eche encima.

Y así estamos.

Enfadados, mirando en direcciones opuestas, dispuestos a no ponernos en la piel del otro ni un solo minuto.

No lo permitáis. No dejéis que esas cosas ocurran. Nos necesitamos.

Los lectores no somos nada sin las páginas repletas de historias, sin las aventuras y desventuras de los protagonistas, sin todo lo que te hace sentir un texto, y quienes las escriben no están en un pedestal, son (somos) humanos como cualquiera, con nuestro carácter y nuestro amor propio.

A vosotros, escritores, os digo que dejéis que los lectores lean, opinen con libertad, critiquen si es necesario y os alaben cuando se tercie. Defendedlos a capa y espada, son el fin de nuestra existencia. A los lectores quiero hacerles llegar una petición: mirad lo que significa en el diccionario la palabra respeto, tras un libro hay un trabajo grande y se pueden decir muchas cosas (incluso malas) si se miden las palabras.

Y nada más. No me pongo ni de una parte ni de otra, soy lector, también escribo.

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